Obla-di-obla-da
No me hago responsable de lo que usted pueda llegar a leer acá, le estoy avisando.


“You will be a part of me, and I will be a part of you.”

Me acostumbré a quererte de lejos, tan lejos que son ahora desconocidas y abrumadoras estas ganas de vos. 
Te saludo desde nuestra ciudad; que la vida nos reúna pronto. 

You will be a part of me, and I will be a part of you.

Me acostumbré a quererte de lejos, tan lejos que son ahora desconocidas y abrumadoras estas ganas de vos. 

Te saludo desde nuestra ciudad; que la vida nos reúna pronto. 

(via pajarilloamarillo)

Plazoleta de Sura.

Al encuentro hemos sido partícipes de un divertido accidente que para infortunio nuestro nos ha hecho merecedores de una suerte de castigo. Parece ser que para el oficio del mesero no existe nada más gravoso que, desatendiendo el protocolo, se opte por atenderse uno mismo. Buscando mejor sitio y sin mediar previa consulta dimos al traste con la vajilla puesta sobre la mesa que trasladamos y en adelante hemos sido tratados con un silencio que lo mismo puede ser hostilidad que indiferencia. Por lo pronto, absortos en la ceremonia del reencuentro, purgamos cada tinto sobre la mesa con desmedida gratitud. 

Nos citamos en este jardín de la clase media porque disfrutamos compartir anécdotas y complicidades rodeados de mamás de alto copete y revista en mano, oficinistas de nueve a tres y muchachos que, quizás como nosotros, evaden aquí la carga del tiempo. Anteriormente, con natural impulso de primíparo universitario, elegíamos espacio de menos reserva donde pudiéramos, entre otras cosas, corroborar nuestras tímidas tesis antropológicas. Ahora, después de una inusual convivencia sexual y largos de profundis epistolares, nos conformamos con esta plazoleta gris escondida entre viejos árboles a media altura.

Pero hoy hemos venido a darnos una noticia, tal vez la última. De repente nuestros rostros se han descompuesto. Si alguien nos viera no entendería. Sin modular palabra, la inquietud en los ojos, fumamos sin pausa, ninguno ha traído con qué cubrirse y la caída de la tarde hace que desesperemos de frío. Apenas sonreímos, como si nos esquiváramos. Mientras tanto, la copetona del fondo se recoge en el chal de abuela y se carcajea con desgano. Pedimos otro tinto. ¡Cuántos años hemos intentado evitar este momento! Aprendimos a vivir con esto, a descontarlo a la deuda de la amistad, o del amor. No obstante, ahora es irremediable. El murmullo creciente de la concurrencia nos ha puesto en nuestro sitio y entendemos, por fin, que debemos hablar.

Con lágrimas en los ojos y en la garganta nos decimos tantas cosas, lloramos de rabia y por consuelo, porque es el llanto de la memoria. Perfectamente sería esto una escena pero ahorita mismo a nadie le importa. A pesar de los ojos humedecidos nunca antes nos habíamos visto con tanta claridad, tan solos, cansados, sin argumentos, sin una sola protesta; esperando, en medio de la indiferencia de la clase media en su plazoleta, de las doñas, de la muchacha del tinto, el último tino que no llega.

Hace como tres años me regalaron un tocadiscos, es una cosa de madera oscura, grande y preciosa. Cuando lo utilizo es una ceremonia pequeñita, es decir, no suelo hacer otra cosa que concentrarme en el acto mismo de utilizarlo, de sacar el disco de la bolsa, soplar el polvo, ponerlo a girar. Cuando llegó a mí me apoderé también de los discos que habían en la casa, unos de tango y muchos otros de Serrat, el de Piero es uno rosado que dice su nombre en negro y tiene como unos grabados feos. Se escucha muy bien. En la parte de atrás están las canciones y fotos de él en conciertos; lo que llama realmente la atención son unas palabras escritas con lapicero azul ya muy gastadas y borrosas al lado del título de esta canción, el primer renglón no se entiende, después reza así en letras mayúsculas y pequeñitas: “Todavía no la he podido entender muy bien pero sé que es para ti”. Mi papá y mi mamá eran amigos cuando a mi papá se le ocurrió que la quería. Se le apareció un viernes con los jeans rotos, disco y cigarrillo en mano y la valentía en la garganta, no le dijo nada, le regaló el disco. 

Esa es la historia del tocadiscos, del disco de Piero, de como mi mamá no escuchó el disco el fin de semana porque estaba parrandiando con un encarrete que tenía y al lunes, mi papá, con los jeans rotos y el cigarrillo en la mano le preguntó qué pensaba de la canción y ella le dijo “Muy chévere”. 

 
Louis Armstrong plays for his wife, Lucille, in front of the Sphinx and Great pyramids in Giza, Egypt.
♥

 

Louis Armstrong plays for his wife, Lucille, in front of the Sphinx and Great pyramids in Giza, Egypt.

(Source: black-culture, via paraisoprometido)


“Waltz speaks in softly-accented, sibilant-heavy English, with slightly lunatic precision; his long chin lending him an air somewhere between impish and lubricious. There is a distinct hint of kinkiness to him.”— Culture Magazine

“Waltz speaks in softly-accented, sibilant-heavy English, with slightly lunatic precision; his long chin lending him an air somewhere between impish and lubricious. There is a distinct hint of kinkiness to him.”— Culture Magazine

(Source: socrappyicoulddie, via wine-loving-vagabond)

De una ocurrencia cualquiera.

No suelo escribir con seriedad, lo hago cuando algo me molesta mucho y necesito hacer coherente mi molestia, cuando necesito señalar el error, cuando tengo rabia escribo con seriedad; también, por supuesto, con fines académicos, ya sea porque leí algo, tengo una idea que merece ser bien puesta en el papel, o porque necesito un cinco para que no me echen de la Universidad. No suelo escribir con seriedad porque no confío mucho en mi capacidad para hacerlo, me suelto en la informalidad y lleno lo que sí suelo escribir con maricadas, no con el afán de que no me tomen en serio, más bien porque yo no lo hago.

Hace no mucho me propuse escribir con cierta regularidad, cualquier cosa, el día, la cotidianidad, el capítulo de la serie, lo que pienso cuando leo a Ullman, lo pretenciosos que llegan a hacer los artículos del Malpensante, de los raperos del bus y de sacar a mi perro a mear, cualquier cosa, pequeña, grande, boba o seria que me permita ejercitar la palabra y aprender a desempolvarla sin mucha inseguridad. 

Con el tiempo me encontré escribiendo sobre algo con recurrencia, algo curioso. En lugar de escribir sobre la gente que me rodea -mi gente, la gente de mi vida- terminé escribiendo sobre la gente de la vida de ellos; del papá, del hermano, del primo, de la amiga o del novio de mis amigos. Lo hice la primera vez porque me pareció muy lindo escuchar a alguien hablando de otro a quien quiere con el alma, otro a quien yo no conocía y sin embargo sentía familiar gracias a su descripción, me pareció imperdonable no escribir sobre eso.

El resto es historia, o historias, porque son un montón. Un montón de gente hecha de palabras, que no es mi gente, pero es la gente de mi gente. Planeo subir una que otra por acá y quería dejar esto a modo de introducción para que no pareciera una ocurrencia cualquiera, aunque lo es. 

(Source: , via fabioladurazo)

(Source: mareodomo)